“Habla chucho que no te escucho”

“No gestionar correctamente la comunicación interna en nuestras empresas, nos puede generar conflictos y situaciones que dañan la eficiencia, productividad y el clima laboral.”

Desde que somos niños, vamos acumulando en nuestra cabeza recuerdos de momentos, vivencias, conversaciones, situaciones… que influyen y marcan nuestro desarrollo personal. Me vienen a la mente esas tardes en el parque, donde el grupo de amigos jugábamos nuestro habitual partido de fútbol. ¡Menudo equipazo teníamos!.

Equipo con mayúsculas, donde la cohesión entre los miembros del mismo era máxima. Sin embargo, como en toda unión que se precie, surgían rencillas, conflictos, puntos de desacuerdo que podían venir por un “Te toca a ti quedarte de portero” o “El penalti lo tiro yo que me lo han hecho a mí”. La mayoría de las veces se resolvían por el artículo 7 p), es decir, la ley del más fuerte. Pero cuando la cosa se bloqueaba en argumentos casi filosofales sobre quién llevaba razón, la discusión terminaba con la recurrida expresión “pues ahora me voy y no juego”, unida a la cantinela burlona “Habla chucho que no te escucho”, mientras te alejabas del parque con las manos tapando las orejas.

Estoy convencido que muchos de vosotros, podéis identificaros de alguna manera con la anécdota que acabo de relatar, e incluso extrapolar a cualquier otro tipo de conversación o vivencia actual, tanto personal como profesional.

Siempre me ha llamado poderosamente la atención lo poco que escuchamos. Nos centramos tanto en nuestro monólogo interior, que somos capaces de manera innata de esquivar con una habilidad casi pasmosa el escuchar a la persona que tenemos enfrente (da igual que trate de explicarnos algo intentando que lo reflexionemos, porque mientras queramos creernos nuestra verdad, nadie podrá clarificarnos nada). Esta sordera mental, o autoengaño llega a invalidarnos, hasta el punto de hacernos olvidar la premisa fundamental que “la comunicación empieza por la escucha”.

Por tanto, lo primero es escuchar si se quiere ser escuchado. La escucha no debe limitarse a dejar hablar al que tenemos en frente, sino convertirse en un proceso de comunicación activo que marque diferencias generando valor añadido. ESCUCHAR es clave, y de ello dependerá en gran medida nuestro éxito personal y profesional.

Si analizamos los resultados de los numerosos estudios que existen sobre la comunicación en las empresas, los datos son más que significativos: “La mayor parte de los problemas en las organizaciones están directamente relacionados con una mala comunicación interna”, “Poco más de la mitad de los empleados (59%) considera que las organizaciones para las que trabaja están escuchando lo que tienen que decir”… Dato preocupante si tenemos en cuenta que la flexibilidad, la comunicación, el compromiso y la confianza son los pilares que diferencian a un equipo de trabajo de un equipo de alto rendimiento.

Como todo va unido, la falta de comunicación debilita el compromiso y las personas dejan de tomar decisiones, se vuelven incongruentes, etc. Pierden esa fuerza que estimula y entusiasma, y con ello aparece el final del equipo y un grave problema para la empresa.

No deja de ser curioso, que algo que debería fluir de forma natural “la comunicación”, se acabe convirtiendo en una rara especie en peligro de extinción.

Parece lógico, que el objetivo de las empresas, debería ser, cuidar y gestionar con éxito la comunicación interna. Generar ese entorno de comunicación y participación, donde los empleados se sientan con la seguridad suficiente para tomar decisiones y llevar a cabo acciones diferenciales.

“La comunicación interna se perfila como un recurso de vital importancia para el funcionamiento de las organizaciones”

Pero, ¿Realmente entendemos las empresas el rol fundamental que ha adquirido la comunicación interna en nuestros días?. A través de la famosa metáfora de la sangre, que seguramente muchos de vosotros ya conocéis, vamos a intentar perfilar como la comunicación interna se ha convertido en un recurso de vital importancia para el funcionamiento de las organizaciones (en la sangre de nuestras organizaciones):

Sabemos que el aparato circulatorio trabaja en varios frentes para mantener vivo y sano el organismo.

En primer lugar la sangre transporta alimento y oxígeno al cuerpo (función emisora). Todas las células del cuerpo se benefician con esta función clave del aparato circulatorio. En nuestra metáfora ese contenido vital, ese alimento y oxígeno, son los mensajes organizacionales, la información y la guía que necesitan todos los integrantes de una empresa para desempeñar efectivamente sus tareas. Todo el cuerpo humano se ve favorecido por esa función emisora, los músculos, los órganos y cada una de las células. Ese organismo es comparativamente la organización, la empresa, constituida por áreas o departamentos, equipos y personas.

En otra función capital, la sangre recoge los desechos metabólicos y los elimina por los riñones y por el aire que exhalan los pulmones (función receptora). Los integrantes de la organización que en primera instancia requieren aire y alimento para hacer bien su trabajo, luego también necesitan responder, participar e incluso disentir o rechazar. Los colaboradores tienen en esa función la posibilidad de significar su trabajo, pueden darle un mayor sentido, mejorarlo, optimizarlo y transformarlo en algo superior. Con la participación activa pueden hacerlo menos costoso, más productivo y aportarle mayor valor intrínseco. La creatividad, la innovación y la superación de expectativas se ven ampliamente favorecidas cuando la comunicación interna cumple con esta segunda función representada en la sangre. Para eso, la gestión profesional debe recolectar no sólo ideas y necesidades, sino también dudas, problemas y hasta quejas. Como la sangre, la comunicación también debe recoger residuos (rumores), procesarlos (comprenderlos) y limpiarlos (hacerlos útiles).

Hemos visto que la comunicación interna integrada, como la sangre en el organismo, alimenta y limpia. Pero eso no es todo. Existen otras dos funciones que, llevadas comparativamente a nuestra actividad profesional, también demuestran que la gestión integrada aporta funciones vitales, esenciales e irremplazables para la organización.

Estas funciones son prevenir y templar. La primera de ellas se manifiesta en el aparato circulatorio con la generación de glóbulos blancos, y la segunda, con el mantenimiento de la temperatura corporal.

La sangre es decisiva para la defensa del sistema inmunológico. Mantiene el organismo preparado para soportar posibles enfermedades creando y activando los glóbulos blancos para contrarrestar dolencias e infecciones. En términos metafóricos, la gestión integrada de la comunicación interna también genera sus propias defensas, fortalecer el engagement y está siempre preparada para potenciales cambios o crisis organizacionales. Finalmente, y no por última menos importante, surge la función de regular la temperatura corporal. La sangre circula y con su propia termodinámica mantiene estable el organismo, evitando enfriamientos o calentamientos excesivos y sostenidos. En nuestra metáfora, la comunicación interna integrada cumple exactamente la misma función, es un aporte clave para mantener en óptimo equilibrio el clima laboral.

Llegados a este punto, la premisa está clara y aceptada: “La comunicación interna se perfila como un recurso de vital importancia para el funcionamiento de las organizaciones”, pero ¿Cuál es el estado de salud de la comunicación interna en nuestras empresas? Arroja un resultado muy heterogéneo y desigual. Mientras algunas organizaciones siguen en “la era del tablón de avisos”, las más punteras han entendido las ventajas de la comunicación 2.0 y apuestan tanto por sus postulados teóricos como por poner en marcha sus nuevos y todavía sorprendentes medios técnicos (portal del empleado WEB, foros, blogs corporativos, wikis, podcasts, etc…), que ofrecen a los colaboradores la posibilidad de convertirse en emisores, lejos del rol pasivo de consumidores de información.

No gestionar correctamente la comunicación interna en nuestras empresas, nos puede generar conflictos y situaciones que dañan la eficiencia, productividad y el clima laboral. No resolver a tiempo estos problemas provoca consecuencias que terminan por afectar los objetivos de negocio y beneficios de la organización, así como a su comunicación, reputación e imagen.

Esto nos lleva nuevamente al comienzo del artículo, a ese niño enfadado que todos llevamos dentro y que sacamos a la luz a la menor oportunidad, convirtiéndose en el día a día de muchas empresas. Todos conocemos empresas donde sus directivos se enorgullecen de contar con un gran equipo y cuando rascas un poco te das cuenta que la realidad es bien distinta: comunicación poco fluida, no se comparten ideas y problemas, no existen procesos de trabajo comunes, porque no hay comunicación entre el equipo o entre las personas de ese equipo y la dirección.

Seguro que este no es tu caso, pero no bajes la guardia, mantente alerta y recuerda que con conciencia y trabajo siempre es posible encaminarse hacia lograr un mejor lugar para trabajar. Los resultados vendrán por añadidura ·

 

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